¿Qué paradigma prevalecerá, superada la tragedia?

Cuando el informe Los límites del crecimiento hizo su aparición, en 1972, escandalizó al mundo. La obra recoge la investigación de 17 científicos de distintos países liderados por Donella Meadows, biofísica especializada en dinámica de sistemas. El informe había sido encargado por el Club de Roma al MIT, con el propósito de proyectar a 100 años los efectos de un desarrollo productivo infinito en un planeta de recursos finitos. Las conclusiones fueron devastadoras. Puesto que el informe se conoció sólo un año antes de la grave crisis del petróleo de 1973, suscitó alarma. Sin embargo, una vez superada la crisis, los países altamente industrializados desoyeron las advertencias, calificándolas de erradas e intencionalmente pesimistas.

El mundo se entregó nuevamente al consumo frenético, la acumulación de riqueza y el crecimiento económico como panaceas de todos los males. Mientras, se agigantaba la brecha entre países ricos y pobres, los bosques caían sin misericordia, se extinguían las faunas, los océanos acumulaban continentes de plástico, se enrarecía el aire. Pero no importaba: más tarde o más temprano, por arte de birlibirloque, las cosas se irían a acomodar. Políticos, empresarios, economistas, hombres y mujeres de la fama alimentaron con simpatía la cultura del crecimiento. Alegre y confiado en el poder del enriquecimiento material, el mundo se sumió en la borrachera de la indolencia.

El informe advertía sobre el hecho de que a tasas exponenciales de crecimiento sin límite y sin ética, el futuro a esperar era el colapso. El Club de Roma insiste en que el problema no es el desarrollo de las sociedades, sino el desarrollo basado en modelos socioculturales y económicos divorciados de la naturaleza, que amenaza la salud y continuidad de la vida en todas sus manifestaciones: también la humana. Porque la vida en el planeta es sistémica. Y cuando el caos acontece en un sistema, alcanza a todas sus partes.

Veinte años más tarde, con la autoría de los mismos investigadores, se publica Más allá de los límites del crecimiento, en donde se corrobora la vigencia de lo anteriormente anunciado, advirtiendo que el mundo cuenta con pocas décadas para hacer los cambios necesarios hacia una vida sostenible. Un cambio radical de las políticas de producción, de las economías del desastre y de los hábitos de consumo. Señala que los parámetros del estilo de vida imperante son insostenibles. Su concepto clave es el de overshoot: sobrepasamiento. El exceso. La desmesura. La hybris de los griegos que siempre desencadena la tragedia.

Esta segunda obra no se cierra sin embargo a la esperanza. Y la esperanza está puesta en el hombre.

Donella Meadows comprendió que el problema ambiental no se iría a solucionar solo desde lo técnico. Ni siquiera desde lo científico. Se requiere de mucho más: de decisiones políticas inteligentes y de la moralidad social. Reforestar, reemplazar los combustibles fósiles por energías limpias, extremar la protección de los océanos y de la atmósfera es necesario, pero no suficiente.

Porque el primer factor de destrucción es la mentalidad de los individuos consecuente con un paradigma que aplaude la codicia y justifica la competencia a cualquier precio. Reconociéndose formada en la racionalidad, Donella propone sin embargo agregar dos elementos eminentemente humanistas a las acciones urgentes para evitar el colapso: decir la verdad y operar el amor.

Hablarle al poder con la verdad y decirle que el progreso humano debe evaluarse no por cantidad sino por calidad y que no hay progreso sin ética. Y operar el amor libre de cinismo. Amor al prójimo, amor a todo ser que comparte la existencia. Amor como capacidad de ponerse en el lugar del otro y evitarle el sufrimiento. Urge que intervenga el amor en el sistema para su curación, pero también para su reconversión. Porque lo que debe ser encarado a contra reloj es un cambio de mentalidad.

A casi treinta años de Más allá de los límites del crecimiento, se han desaforado los incendios forestales, los mares siguen infestos, la desaparición de especies no da tregua. Y nosotros seguimos siendo los mismos, pero en un escenario tan inesperado como aterrador. No es la que vivimos una pandemia más. Es una pandemia planetaria que alcanza a poderosos y desventurados. La primera vez que asistí a la asamblea anual del Club de Roma, uno de sus miembros dijo algo que llamó mi atención: crecer por crecer es la lógica del cáncer. Y es la lógica de la desmesura que caracteriza a nuestra civilización.

Hoy libramos una batalla desesperada contra un campeón del crecimiento tan invisible como letal. Estamos contritos y asustados, e intuimos que este enemigo tiene relación con un mal sistémico y sostenido: la desmesura de la indiferencia. Hay un sólo responsable: el ser humano.

La pandemia será controlada. La ciencia trabaja denodadamente en ello, y esto nos muestra una variable a tener en cuenta en una redefinición de valores. Pero persiste la incógnita: ¿qué paradigma de humanidad prevalecerá una vez superada la tragedia? ¿Replantearemos nuestras prioridades de vida o volveremos a entregarnos a los estupefacientes de la indiferencia, el egoísmo, la insensibilidad y las falaces dulzuras de la estulticia humana?

De esta disyuntiva depende la continuidad de la vida en la Tierra. Nada más. Y nada menos.

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