En marzo de 2025, China desplegó una flota de 30 aviones y drones que dispararon perdigones de yoduro de plata sobre el norte del país, mientras más de 250 generadores terrestres lanzaban cohetes con el mismo compuesto. La operación formó parte del proyecto “Lluvia de Primavera”, coordinado por la Administración Meteorológica de China, con el objetivo de mitigar la sequía en el cinturón cerealero. Según cifras oficiales, se habrían generado 31 millones de toneladas adicionales de precipitación en 10 regiones agrícolas.
La técnica utilizada es la siembra de nubes, un método que busca inducir lluvia o nieve mediante la dispersión de partículas microscópicas —generalmente yoduro de plata— que imitan la estructura del hielo. Estas partículas actúan como núcleos de congelación en nubes con agua superenfriada, formando cristales que crecen y caen como precipitación.
China experimenta con esta tecnología desde 1958, una década después de que el científico estadounidense Vincent Schaefer demostrara accidentalmente en 1946 que el hielo seco podía generar cristales de hielo en nubes superenfriadas. Desde entonces, la modificación climática ha evolucionado hasta convertirse en una herramienta estratégica.
Actualmente, el programa chino es el más grande del mundo y opera en más de 50 por ciento del territorio nacional. Incluso ha sido utilizado para gestionar condiciones meteorológicas en eventos emblemáticos como los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 y celebraciones políticas. Además, el ambicioso proyecto “Tianhe” (“río del cielo”) pretende canalizar vapor de agua desde la meseta tibetana hacia el norte árido del país.
El interés es claro: desde la década de 1950, China enfrenta sequías cada vez más severas que amenazan su agricultura y economía. Sin embargo, la eficacia de la siembra de nubes continúa siendo motivo de debate científico, ya que resulta casi imposible replicar condiciones atmosféricas idénticas para medir resultados concluyentes.
A ello se suman preocupaciones ambientales y geopolíticas. Especialistas advierten que intervenciones a gran escala podrían alterar patrones regionales de lluvia y generar tensiones con países vecinos que comparten recursos hídricos. Aunque algunos análisis señalan que el impacto transfronterizo sería mínimo, la ausencia de una regulación internacional sólida mantiene viva la controversia.
En plena crisis climática global, China avanza con la ambición de controlar la lluvia. La pregunta es si esta tecnología representa una solución sostenible frente a la sequía o un experimento atmosférico con consecuencias aún inciertas.
